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| Introducción |
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Como la mayoría de las culturas del mundo, los andinos crearon la imagen de sus dioses sumando características zoológicas diversas o agregando a la figura humana rasgos de animales. La combinación de estos elementos no se dejaba al azar, el ser que resultaba de este esfuerzo artístico o de esta convicción religiosa reunía en su cuerpo las potencias, conductas, virtudes y defectos de los animales que componían el resultado final. Si era una serpiente con patas o con alas, podría abandonar las dificultades de arrastrarse por los suelos; si era un ave con rostro humano, podría cantar o hablar con cualquiera de los seres invocados por sus formas (hombres o pájaros).
El cristianismo también agregó lo suyo a esta fauna imaginaria. La oveja, el pez y la paloma trajeron valencias religiosas muy diferentes a lo que podría sugerir la imagen de cualquiera de estos animales. Aunque eso no necesariamente facilitó la evangelización en América. Es por eso que se prefirió por un tiempo usar la imagen triplicada de Cristo para representar a la Santísima Trinidad, en lugar de la paloma blanca. Se pensó que los indígenas adorarían al animal en lugar de pensar en los misterios de la fe.
A partir de 1532, cuando se encuentran en Cajamarca los sistemas de creencias europeos y andinos, la representación de seres divinos con características de animales se redujo por la persecución que sufrieron las imágenes de origen precolombino, pero no desapareció. Las imágenes que sobrevivieron se sumaron a las creencias populares europeas que, aun siendo desaprobadas por la iglesia, seguían viviendo en la imaginación de los españoles.
El inventario de zoología fantástica que ofrecemos a ustedes reúne una selección apretada de estos animales. No todos tiene características sobrenaturales visibles: pueden mostrar el aspecto corriente que todos conocemos. Pero su historia mítica o su conducta despliegan cualidades mágicas que los convierten en algo muy distante del animal con que comparten su forma externa.
Los textos han sido enriquecidos por las acuarelas de Rafael Hastings que escuchó con paciencia las descripciones provenientes de las crónicas o de los reportes etnográficos, para crear su personal interpretación de esta fauna peculiar. También usé los dibujos de los artistas que acompañaron al obispo Baltasar Jaime Martínez Compañón (1735-1797) e imágenes de la cerámica precolombina, cuando estuve convencido de que aludían a estos seres sobrenaturales.
Estoy seguro que podríamos continuar indefinidamente, si quisiera cubrir todos los seres con características animales que componen el panteón andino. Por ahora, estos veinte seres fantásticos nos muestran la entrada al maravillos o mundo de la imaginación andina.
Luis Millones
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