José Watanabe
Reseña
El guardián del hielo
Alonso Rabí Do Carmo
La modestia es el rasgo que más parece distinguir al poeta José Watanabe. Hace unos días, en el marco de un homenaje que le rindió la Cámara Peruana del Libro en la V Feria Internacional del Libro de Lima (junio 2000), Watanabe dijo con serena sinceridad: "les pido que me crean que no termino de comprender la justificación de este generoso homenaje. Para todos es obvio que hay muchos otros poetas que deberían estar en mi lugar. A todos ellos les pido que compartan conmigo este momento y que me ayuden a no sentirme tan abrumado".
Sin embargo hay otros aspectos que pueden, al margen de la modestia, decir mucho más de un hombre cuyo temperamento despacioso, meditativo, y mirada en apariencia distraída, puede ser confundido fácilmente con la disfrazada timidez del soberbio o la falsa impostura del ególatra. Uno de ellos es la perplejidad con que se asoma Watanabe a los elogios de la crítica; otro, tal vez el más importante, es su propia poesía, impermeable a modas de época o dictados generacionales.
Precisamente Watanabe pertenece a la Generación del 70, la mayoría de cuyos miembros practicó, con más o menos fortuna y algunas excepciones, una poesía de indudable aliento cívico y político, de ánimo fundamentalmente expansivo que alimentó, por ejemplo, un empleo radical del lenguaje coloquial como ingrediente del poema. Mientras tanto Watanabe, a contracorriente de sus coetáneos, prefirió hurgar en la meditación íntima de la realidad, hacer de Laredo -pueblo de Trujillo donde nació y pasó toda su infancia- el escenario de la mayoría de sus poemas (una suerte de Comala personal, según él mismo) y contemplar la naturaleza, desdeñando las metáforas urbanas.
Ahora bien, ¿Dónde podría estar el origen de una poesía, como la de Watanabe, que elige la naturaleza en un momento en el cual la ciudad era un espacio poético privilegiado por muchos otros poetas de su tiempo? Watanabe explica que recurrió a los haikus, "aquellos breves poemas japoneses que mi padre leía cuando era niño. Me traducía algunos y, por supuesto, yo nunca los entendí. Pero desde esos momentos me quedé con la sensación de que esos poemas encerraban una sabiduría porque mi padre muchas veces se quedaba ensimismado después de leerlos. Busqué libros de haiku, algunos incluso los encargué a Japón y, con la ayuda de un amigo que sabía el idioma, pude leerlos. Así fue como encontré a los autores necesarios: Matsuo Bashó, Kobayashi Issa, Yosa Buson. Ellos me enseñaron que la sabiduría no tiene por qué estar necesariamente en el poeta, sino que se la puede encontrar o, mejor, sorprender, en las cosas, en el paisaje. El deber del poeta es caminar por el mundo con la sensibilidad muy despierta. Bashó escribió este poema: Bajo las flores del cerezo / nadie es / completamente desconocido. La sabiduría estaba intrínsecamente en la escena que el poeta vio. El poema nos permite deducir que las personas reunidas bajo el cerezo nunca se habían visto antes; sin embargo, la belleza de las flores creaba en ellas un sentimiento de familiaridad. En una situación objetiva, el poeta percibió una posibilidad de fraternidad entre todos los hombres".
La tradición poética japonesa, en especial la del haiku, como podemos apreciar, ha tenido una influencia decisiva en la formación de Watanabe. Sin embargo, ello no le impide compartir un rasgo común con sus compañeros de generación: la narratividad en el poema. "Yo intento caminar y ver. A veces me tomo algunas licencias, como montar una escenografía, pero en esencia cuento lo que veo. Por eso, la cierta sabiduría que encuentran en mis poemas los críticos, mis amigos y los lectores, no me pertenece realmente. Yo sólo reclamo haberla encontrado".
Pero hay que sentar aquí una diferencia sustancial. La narratividad, en muchos poetas del setenta, es un recurso ligado íntimamente no sólo a la expresión oral o al artificio verbal, sino además a un propósito, en muchos casos, ideológico. Watanabe parece comprender de otro modo la poesía: "gran parte de la poesía contemporánea se desarrolla en base al despliegue de una gran imaginería verbal. Los versos vuelven al creacionismo y a los caminos sorpresivos, pero muchas veces esconden la clave para comprender sus sentidos. Tal vez mi modesta inventiva verbal me llevó a un ideal que mantengo: quisiera que mis poemas tengan claridad, que ningún recurso formal los torne oscuros, por más inteligente que a veces sea la oscuridad. Y para mayor claridad me apoyo en una línea narrativa que se orienta hacia la parábola, que es la elevación de la anécdota a conocimiento".
Esta idea se refuerza cuando el mismo poeta recuerda el entusiasmo que despertaron algunas poéticas entre miembros de su generación. "En los años setenta, los jóvenes tuvimos conocimiento fragmentario de una propuesta del escritor norteamericano Charles Olson, el 'verso proyectivo'. El poema debía ir de una percepción a otra, sin detenerse y sin seguir un desarrollo lineal. Yo imaginaba la propuesta como un danzante moderno en una gran pista de baile, yendo siempre hacia delante, o como la improvisación de un solista de jazz. Para hacer tal poema se necesitaba una amplitud y una habilidad verbal que yo no tenía, además de una velocidad que no iba con mi carácter pausado. Algunos de mis amigos como Enrique Verástegui o José Rosas Ribeyro escribieron excelentes poemas en esta línea, inyectándole además un vitalismo que acaso no tenía la poética original. Con secreta envidia, yo opté por sentarme en la orilla a pescar cuidadosamente el paso de la palabra que consideraba precisa. Intenté hacer una virtud de esta tarea, sabiendo en el fondo que la palabra exacta no existe. Todas están lejos de la cosa o del sentimiento. Cierta vez escribí: Las palabras no nos reflejan como los espejos, así, exactamente, / pero quisiera. Esta preocupación por la palabra justa, ceñida, que empezó como respuesta a una carencia, hoy se ha convertido no en un trabajo forzado, sino en un placer que me ocupa innumerables noches. Pero como todo placer, este obstinado trabajo tiene una tensión: la escritura no debe delatarse como trabajosamente buscada. Debe fingir que todo fue fácil, que fluye sin el tropiezo o la aparición de una palabra demasiado brillante o fuera de tono".
Parece cosa de broma, pero Watanabe confiesa comenzar a escribir "a partir de sus limitaciones". Yo me pregunto, tal vez con más perplejidad que él, si esas limitaciones lo son realmente. El logrado equilibrio entre lo prosaico y lo lírico, la sapiencia necesaria como para no sucumbir a modas escriturales, esquivar con destreza el culto a la imagen por la imagen, convertir la experiencia cotidiana en conocimiento, que son algunas de las características de su poesía no pueden, de ningún modo, ser limitaciones.
Watanabe escribe, en realidad, a partir de tres ejes fundamentales: la experiencia familiar, el cuerpo y la observación de la naturaleza y el paisaje, pero no al modo nativista -que se regocijaba en las aguas de su propia ingenuidad- sino buscando un orden, un equilibrio primigéneo, a la caza constante de la esencia y la trascendencia que cada cosa o escena descrita por él esconde.
Ello no le ha impedido, por cierto, ponerse a tono con su tiempo. En ese sentido, su versión de Antígona, la célebre tragedia de Sófocles, montada exitosamente por Yuyachkani, no ha sido un hecho gratuito. La fábula sobre el poder que subyace al texto trágico, es una buena guía de lectura de los sucesos ocurridos en los últimos meses en nuestro país.
Pero excesos no faltan. Algunos medios periodísticos han deslizado la teoría según la cual Fujimori estaría llevando a cabo una suerte de 'venganza ancestral' por los vejámenes que sufrieron los japoneses en el Perú durante la Segunda Guerra. Watanabe reflexiona categóricamente: "Terminada la guerra, el pasado de saqueos, deportaciones y persecusiones fue asumido con una gran nobleza por nuestros padres. Ni en mi familia ni en ninguna de las muchas familias de origen japonés que yo he frecuentado he escuchado quejas o resentimientos. Mi padre se vio obligado a esconderse en pequeñas haciendas azucareras donde dos de mis hermanos murieron por falta de atención médica. Sin embargo, nunca escuché de parte de él una sola palabra de reproche. Nos enseñó, más bien, una generosa explicación: 'fue la guerra', decía".
Sirva esto pare decir que a fuerza de esa misma modestia y serenidad, Watanabe ha terminado por construir un lenguaje personal, pleno de versos límpidos y exactos, versos que nos recuerdan, a cada momento, la finitud de la vida y la fugacidad de las cosas. Aunque le pese a su modestia, Watanabe ya está considerado entre los mejores poetas latinoamericanos de hoy. Y es justicia que así sea.
|