Marco Martos
Entrevistas
"El poeta es un hombre poseído por el espíritu de la lengua"
Han pasado ya algunas décadas desde el surgimiento de tu generación. ¿Cómo la percibes ahora, cuáles crees que han sido sus principales aportes?
-¿Estás hablándome de la gente que escribe poesía?
Exactamente, de la promoción de poetas que surgió en los años sesenta.
-Siento que el Perú, en general, quema muy rápido a su gente. Y eso vale para todo. También ocurre con los poetas. En cierta ocasión, para un congreso en La Habana, creo, escribí un artículo en el que hablaba de "muertos" y "sobrevivientes". Yo creo que si algo marca a este grupo poético con respecto a los anteriores es el hecho de que la mayoría de sus miembros vivió muy rápido. Y cuando digo la mayoría estoy hablando exclusivamente de los poetas que murieron. Estoy hablando de Heraud, de Hernández, de Ojeda. Y también de otros a quienes nadie conocía como poetas y sí lo eran, como Hernando Núñez. Entonces, lo que caracterizó a este grupo -llamémoslo así porque en realidad es un segundo grupo proveniente de uno anterior que se formó en San Marcos con Arturo Corcuera, César Calvo, Reynaldo Naranjo y Mario Razzeto- es la muerte. Este segundo grupo, que comienza con Heraud, que sería un poco el puente entre ambos, incluye a Hernández, Cisneros, Hinostroza, Henderson y Lauer. ¿Qué siento? Pues que la vida y la muerte son hechos más fuertes que el escribir o no poesía. En ese sentido, la marca para nosotros fue la muerte de Heraud. En cuanto a logros poéticos, creo que Heraud, con sólo veintiún años, desarrolló una obra sorprendente, pero era una obra que comenzaba. Hernández es también otro poeta que murió sin dar todo lo que podía haber dado. Él quiso vivir poéticamente, pero eso significa vivir siempre en peligro, tal como lo hizo Ojeda. Los sobrevivientes, en cambio, son los que están: Cisneros, Hinostroza, Ortega, Henderson, Lauer y yo. Cada uno ha desarrollado, como sabes, una obra poética diferente. ¿Qué queda de todo esto? Como siempre, algunos poemas, algunos libros y una vida intensa, en todos los casos.
Sin embargo, muchos lectores, sobre todo jóvenes, perciben en esta promoción o grupo poético una segunda gran vanguardia en nuestra tradición.
-Bueno, hay libertad de juicio, ¿no? De hecho, yo pienso que los cambios son más lentos de lo que parecen y que en lo personal y lo afectivo hay, digamos, nexos muy fuertes, nuestros, con algunos poetas del cincuenta. Esos nexos, en mi caso, no solamente no se han roto, sino que se han reforzado. Pero en realidad, en otros términos, es decir, si no usamos el término vanguardia en el sentido más estricto, como se ha usado en todo el siglo XX, vanguardia es todo lo que renueva, desde el renacimiento hasta hoy, y en ese sentido Leonardo es vanguardia y Borges también, incluso no siendo vanguardista. En fin, esa es la aspiración de uno, y si algunos lectores piensan así, bueno, hay que estar agradecido.
Si bien en tu poesía hay algunos rasgos comunes o compartidos con otros poetas de tu generación, también hay otros rasgos que te distinguen de ellos. Por ejemplo, un sutil acento hispano. ¿Esta búsqueda de un punto medio en la expresión ha sido siempre intencional?
-Yo me sorprendía en los años sesenta cuando se hablaba de una marca inglesa en la poesía peruana. Esta marca se dio en Cisneros y casi podría decir que exclusivamente. Y un poco en Hinostroza. Entonces puede ser fácil hacer generalizaciones a partir de dos poetas, porque en Heraud, que conocía muy bien la literatura inglesa, no es la marca principal. Ni siquiera en Hernández, que también tiene una marca inglesa, así como una alemana. Yo siempre pensé, para mi poesía, hacerme fuerte en lo que mejor conocía, ¿y qué es lo que más conozco? Mi propia lengua y la tradición que viene de esta lengua, naturalmente. Seguramente puede haber influido el hecho de ser profesor de literatura española, precisamente. Ahora, yo admiré desde muy pronto a los poetas latinoamericanos que escribían en español. Nicanor Parra, por citar un ejemplo. En todo caso, todo esto me parece algo así como pasto para clases de literatura, que las cosas, en el fondo, son mucho más movibles de lo que podría pensarse. Ahora, yo he tenido siempre mucho interés por la literatura francesa y la italiana. En este momento podría tratarse de cualquier literatura. Tengo vínculos de aspiración cosmopolita con la literatura. Por eso aprecio los territorios específicos, las "patrias" de los escritores, entendiendo por patria en primer lugar su lengua. La gran patria española o castellana, la patria francesa, la patria inglesa, y ninguna es superior a otra.
Ahora que hablas de patrias, a partir de Cabellera de Berenice, mostraste una inclinación muy marcada por la cultura de Oriente y esa actitud se ha amplificado un poco más en El mar de las tinieblas, tu último libro. ¿Tuviste un interés tardío por el mundo árabe o el japonés?
-No, lo japonés sí es posterior, pero lo árabe lo tengo en la lengua. Curiosamente, yo sufrí una temprana influencia de un profesor de la Universidad Católica, como siempre las influencias las siente el influido y no quien influye, que es Enrique Carrión, que daba unas clases de un desorden magnífico, podría decir, de literatura española, con mucha erudición, mucha sapiencia y mucho amor por esta cultura, de tal manera que yo he sufrido una especie de pena porque los árabes se fueron de España y la conservo hasta ahora. Ese mundo árabe español es el que me interesó mucho. A partir de ahí es más o menos fácil saltar al otro Oriente, al Oriente de Las mil y una noches. Mi interés por la literatura japonesa ha sido posterior, pero es muy fuerte en mí. Si eligiera, por ejemplo, un país de novelistas contemporáneos, sería el Japón.
¿Cómo percibes ahora los libros que has escrito, hay alguno que hubieses preferido no publicar?
-No, yo creo que siempre hay poemas que uno hubiera preferido no publicar, libros no. Al fin y al cabo los poemas son como los hijos. ¿Qué hace uno con un hijo que nace con algún defecto? Lo cuida más. En fin, una vez que el poema sale a la luz, uno se preocupa ya no de ése, sino del próximo poema. Mi preocupación en concreto es por cada poema, por salvarlo, porque quede legible.
¿Cuándo se logra formar un estilo? ¿O es esa una tarea que nunca termina?
-Eso tendrían que decirlo los otros. De verdad que no sé, pero sí creo que es una tarea que nunca termina. Un poeta, en general, no termina de ser un estudioso de la poesía y yo quisiera que se me considere como eso también, como un estudioso de la poesía. Y no en el sentido profesoral, porque eso sí acaba y se agota, sino estudioso de la poesía para escribir poesía.
¿Cómo descubriste tu vocación literaria? Tengo entendido que de algún modo has seguido tras los pasos de tu padre, quien también fue profesor y escribía. ¿Tu entorno familiar y, específicamente tu padre, fueron importantes para tu relación con la literatura?
-Mi padre escribió prosa. Y...sí, fue una influencia muy poderosa. Mi padre era de Huancabamba, una provincia de Piura. Viajó a Piura primero y luego a Trujillo. Era sobrino de un amigo de Vallejo, José Eulogio Garrido. Una vez yo le pregunté si él había participado en esas reuniones del grupo Bohemios de Trujillo, que todavía no era Norte. Él era menor que todos ellos. Entonces me dijo: yo era el que les compraba los cigarrillos. Eso me dice mucho. Estuvo cerca, conoció a Vallejo y a todos los demás, como un menor. Luego fue periodista, vino a Lima, ingresó a San Marcos a estudiar medicina pero no terminó y fue colaborador de Variedades y de Amauta también. Finalmente regresó a Piura y allí dirigió un periódico y dictó clases. Para mí fue un estímulo intelectual muy grande. Él hacía algo muy simple: dejaba los libros a la mano, nada más.
Eso indica que tus primeras lecturas se las debes a él. ¿Cuáles fueron esas primeras lecturas?
-El primer autor que leí fue Monteiro Lobato, un cuentista brasileño. Recuerdo una versión del Quijote escrita por él. Después uno salta y mi salto fue rápido porque enseguida leí Las mil y una noches.
Poeta laico, clérigo, de comunión, de soledad, ¿cómo te defines?
-En principio, la poesía es un acto solitario, es decir escribirla. Pero darla a los otros la priva de ese carácter solitario. La soledad es buena para escribir, no para vivir. Y el poeta se tiene que mezclar. Lo resumo así: entre Emily Dickinson y Walt Whitman, pues, Walt Whitman.
No quisiera esquivar dos viejos lugares comunes: ¿qué es la poesía y qué es el poeta?
-Hace poco leía un texto de Alain Borell, el crítico más dedicado a Rimbaud. Ha escrito siete libros sobre él y en una ocasión dijo: "Rimbaud me ha poseído". Borell dice una cosa muy interesante. Las lenguas, en general, tienden especies de ondas herztianas para sus emisiones. El italiano emite alto, el francés emite un tono medio, el español emite bajo. Rimbaud se sale de eso, emite alto y emite bajo, emite gritos y también sarcasmos. Así es Vallejo también. Bueno, yo tenía una definición de poesía parra mi uso personal, más allá de lo obvio y lo obvio es que la poesía es repetición, el ritmo es repetición, hay una expectativa creada por las rimas o las medidas; pero también la poesía se produce cuando hay una ruptura de la expectativa. Si yo digo: "Era un día claro, fresco y campanas", en campanas esta la poesía. Hay una serie y una ruptura. En fin, la poesía es como un licor fuerte, y la prosa como la cerveza, yo creo que con eso nos quedamos.
¿Y el poeta ya no es un intermediario de Dios, no es verdad?
-El poeta, creo, es un hombre poseído por el espíritu de la lengua. Steiner sostiene que lo humano está caracterizado a través de los siglos por el lenguaje hablado, pero existen las lenguas del silencio. Las lenguas del silencio son, digo yo, la matemática, la escultura, la pintura. Vienen los críticos y las llenan de palabras, pero esas artes no tienen palabra. Pocos piensan que la poesía también es la lengua del silencio, en el sentido de que dice aquello que no se dice comúnmente. La poesía más radical en sus experimentaciones siempre ha llegado al mismo puerto: el silencio. Mallarmé la llamaba "tañedora de silencio". Cuando Rimbaud ya había abandonado la poesía, estudió música, y la estudió teóricamente. Como no tenía dinero para comprarse un piano, dibujó las teclas sobre la mesa del comedor de su madre. Y tocaba algo que nadie podía escuchar. Entonces yo creo que la poesía avanza hacia ese límite del silencio, hasta lo inefable y lo inexpresable. Y allí está, en ese límite. Mira, que me estás haciendo hablar como un teórico.
Hay un tema que tiene íntima relación contigo: el ajedrez. Esto es tan íntimo que a lo mejor perdimos a un buen ajedrecista para ganar a un buen poeta.
-Ah...fíjate, yo me acuerdo mucho de un artículo que salió en La Prensa el año 63. Yo había ganado una partida representando al equipo peruano frente a un jugador chileno. En el artículo se reprodujo la partida y el comentario era que yo era un buen ajedrecista y terminaba diciendo: "lástima que esté dedicándose a la poesía". Para mí fue una decisión muy difícil, pues yo encontraba poesía en el ajedrez, por más que el ajedrez sea una competencia despiadada.
El mar de las tinieblas es un libro poblado de fantasmas literarios, o mejor, de tus fantasmas literarios...
-Hay momentos en que uno se permite ciertas cosas y en este momento yo me permito cualquier cosa. En el caso de este libro, pues, dialogo literariamente con escritores que me agradan. Me gusta la idea del sinfronismo, es decir la simpatía del encuentro con unas personas de otra época a través del texto. Los que aparecen allí mencionados son los que de alguna manera me han producido placer como lector.
El libro presenta, además, una gran variedad formal. En muchos poemas adoptas formas que van desde el verso rimado y sus variantes hasta el verso libre. Esto me daba pie para pensar que a lo mejor la unidad de estilo en un libro de poemas ya va siendo un concepto en desuso y que, más bien, cada poema es un universo propio.
-Podría ser, claro que sí. Yo he intentado, digamos, ampliar el registro de mis propias posibilidades poéticas, ensayando varias formas poéticas, incluidas algunas en desuso. Mi pretensión siempre ha sido mostrar que entre la poesía antigua y la poesía moderna, mejor es no volar los puentes. Este libro, para decirlo en pocas palabras y desde una óptica muy personal, tiene la intención de restaurar puentes en la tradición literaria.
¿A punto de comenzar una nueva centuria, Vallejo y Arguedas podrían ser considerados los dos grandes paradigmas de la literatura peruana del siglo XX?
-Habría que ver como será la literatura del siglo XXI, pero en principio pienso que sí. Más de una vez me he preguntado, por ejemplo, por la potencia de Vallejo para llegar con la misma intensidad a un lector del próximo siglo. Tal vez en los años sesenta, por cierto interés político, aumentó en interés en Vallejo, pero una vez descubierto por muchos, seguirá siendo un paradigma, incluso un paradigma del riesgo en la poesía. En el caso de Arguedas, los modos de leer su obra han ido cambiando, felizmente. Arguedas discutió, para mi óptica inútilmente, con muchos amigos suyos, porque el propio Arguedas pensaba en la literatura como reflejo de una realidad. Lo que va a quedar de él es Los ríos profundos, justamente la novela más poética y menos apegada a esa realidad sobre la que todos discutían.
¿Qué te sugiere el Perú actual?
Pienso que el Perú vive un momento muy difícil, pero ya ha vivido otros. Hace tiempo, recuerdo, una de mis hijas tenía doce años y me dice: "desde que nací escucho que estamos en crisis". Bueno, pues, ¿cuándo no estamos en crisis? Me parece que una preocupación de buena parte de los peruanos en este momento es la restauración de los espacios democráticos y ese es el tema de fondo. Lo que está ocurriendo es que hay personalidades políticas que no pasan necesariamente por los partidos, que como sabemos están también en crisis. No hay estímulo para reactivar colectividades políticas y ojalá lo hubiera. Hoy se toma como un insulto que lo llamen a uno "político tradicional". Justamente hacen falta políticos en ese sentido, es decir, menos individualistas. Pero pienso que políticamente también estamos viviendo un momento interesante. El Perú sabe dar sorpresas y puede ser que haya una en el corto plazo.
Aparentemente es más difícil ser un best seller en poesía que en prosa, salvo casos como el de Neruda, que en vida conoció tirajes impresionantes. ¿A qué atribuirías ésta diferencia?
-La poesía ha dio jugando distintos roles. Transmitía noticias, informaba, era oral, y conserva hasta hoy día el perfume de la oralidad, aunque se haya vuelto escrita. Cuando aparece la novela, la novela está más al alcance de todos, interesó a más personas, fue más fácil de leer. La poesía se va como recluyendo, es de pocos. Ahorra el nombre de poesía ha quedado reservado a la lírica. La épica se transforma de alguna manera en novela. Sin embargo, en el centro de las creaciones de mayor intensidad, sea novela, cine, teatro, está la poesía. En esos términos, los poetas son los portadores de la antorcha.
Últimamente se habla mucho de la existencia de una escritura femenina y otra masculina. ¿Qué piensas del problema del género en la literatura?
-Bueno, hay que manejarse con cuidado para no pelearse (risas). Yo he escuchado estas posturas con curiosidad y mucho interés. Mi conclusión es que el escritor, para llegar a ser buen escritor, debiera ser como Tolstoi, como Flaubert, vale decir, tener la posibilidad de ser andrógino en el sentido de poder captar lo femenino y lo masculino. Lo femenino y los masculino son dos marcas culturales y es cierto que hay un estilo que asignamos a la mujer y otro que suponemos varonil, y es cierto también que en muchas novelas los personajes femeninos de varones suelen ser comparsas y viceversa. Lo ideal sería, como en las buenas obras de teatro, que cada personaje hable por sí mismo. Por eso cité a Tolstoi y a Flaubert, porque ellos sí lograron lo que muchos novelistas no logran. Y Borges, que decía que el yo que aparece en el poema no tiene necesariamente que ser identificado con el sexo del individuo.
¿Frente a la amenaza de un libro virtual, crees que el libro esté en peligro de muerte?
-Empezaría por decirte que allí hay un problema técnico. Como material de soporte, la pantalla es unas diez veces inferior al papel. Mientras no se logre superar eso, simplemente no pasará. Ojo, el progreso técnico no ha cancelado muchas cosas que existían desde antes. Ejemplo, la fotografía no termina con la pintura, ni el cine con la fotografía, ni con el teatro. Simplemente van surgiendo nuevos espacios para nuevas masas de receptores, de lectores en el sentido semiótico, pero los otros continúan. El libro, en tanto objeto físico, podría ver disminuida su importancia, pero desde Mc Luhan ha pasado mucha agua bajo los puentes. Se habló de la revolución de las imágenes y ahorra estamos otra vez en la revolución de la escritura, a través de Internet, precisamente. Cuando yo veo un artículo que me interesa en Internet, lo imprimo para leerlo y me siento seguro cuando lo tengo en el papel y no en la pantalla. El encanto del libro, por lo menos hasta ahora, no ha pasado.
¿Y en estos tiempos de globalización, asombrosos adelantos y también acelerada deshumanización, la poesía no termina siendo un acto de fe, un maravilloso acto de fe?
-Pudiera ser. Leí hace poco un texto que me impresionó mucho, de un experto en comunicaciones. Él comentaba que la globalización simultáneamente produce fenómenos que en apariencia son contradictorios. Por ejemplo, la lengua inglesa se afirma y aparece como dominante en el siglo XX y lo será también en el XXI, pero eso, a la vez, no implica la desaparición de las otras lenguas como el francés o el alemán. Vivimos la aldea global, la idea de la megápolis, pero el destino de la poesía está en el secreto y en la oralidad. Eso no ha cambiado ni creo que cambie.
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