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El Perú antiguo estuvo sustentado en una economía basada en su agricultura como correspondía a todos los estados premodernos. El desplazamiento de esta actividad por la minería durante la Colonia y el posterior desarrollo de las ciudades con la República llevaron a una redistribución de la población lo que nos llevó de ser un país eminentemente rural antes de la década de los 50 a ser un país con población urbana a inicios del siglo XXI.
En el 2002, un 28.8% de la población era rural y el 72% urbana. Sin embargo, esta distribución es muy diferente entre las regiones. En la costa existen índices superiores al 80% de urbanización, sólo Lima tiene 98%. En la sierra y selva se tiene niveles inferiores al 40% como Cajamarca (28.1%) y Huancavelica (30.4%).
A pesar de los problemas típicamente urbanos como la violencia, la contaminación, la tugurización, etc., las ciudades continúan atrayendo a los pobladores del campo por ser consideradas como un espacio donde poder desarrollarse. Esta ola de migraciones se ha establecido principalmente a las afueras de las ciudades, ocupando terrenos por la fuerza y constituyendo poblaciones marginales llamadas "pueblos jóvenes". Los más antiguos se han convertido con el tiempo en distritos organizados con una dinámica económica propia a través de los parques industriales y el desarrollo de las microempresas.
En el campo, el empobrecimiento del sector agropecuario ha generado otro tipo de problemas como la agricultura migratoria, actividad en la cual hectáreas enteras de bosque amazónico son quemadas para ser transformadas en terrenos de cultivo, los cuales al poco tiempo dejan de ser productivos y son abandonados para volver a ocupar otros bosques.
La relación entre la ciudad y el campo ha sido principalmente de superioridad. Las denominaciones: "provinciano", "serrano" "indio" o "campesino" tienen una fuerte connotación relacionada a la ignorancia y la pobreza. Este hecho no solo ocurre en las principales ciudades o capitales, ocurre también en pequeños pueblos localizados en zonas rurales, donde los citadinos se consideran superiores a los campesinos. A pesar que un 18% de la población habla el quechua, especialmente la rural, la pronunciación indebida del castellano (el llamado "mote") es percibido como sinónimo de falta de educación.
Existe también una discriminación racial, en algunos casos más evidentes que otros, hacia los rasgos andinos (piel oscura, pómulos pronunciados, nariz aguileña, etc.) siendo mejor consideradas las personas de tez u ojos claros.
En las manifestaciones culturales se puede apreciar estas relaciones urbano - rurales. Muchos migrantes provenientes de la sierra y sus descendientes establecidos durante mucho tiempo en las ciudades continúan conservando las danzas y música de sus pueblos como el huayno. Se organizan en clubes y asociaciones y realizan actividades recreativas conmemorativas a las fiestas patronales o eventos importantes. Otras expresiones típicamente urbanas y tal vez capitalina es la "música chicha", una fusión de ritmos y melodías tropicales con la tradicional andina, y la utilización de instrumentos musicales contemporáneos como la batería y la guitarra eléctrica. También ha surgido la "música andina" o "latinoamericana" donde se interpreta la música tradicional andina con nuevos instrumentos dando origen nuevos matices y estilos. Todas estas manifestaciones convocan conciertos multitudinarios promovidos a través de los medios de comunicación.
Sin embargo, la prueba más contundente de esta relación de superioridad de la ciudad hacia el campo, se dio durante la violencia política de las décadas ochenta y noventa. El olvido y la indiferencia hacia la población andina fue una de las principales razones por las cuales se inició y desarrolló la violencia política. Miles de campesinos estuvieron entre dos fuegos: el de los movimientos subversivos y de las fuerzas armadas y fueron objeto de abuso y sus derechos humanos fueron totalmente desconocidos. Cuando la capital Lima recibió los atentados en sus calles recién reaccionó hasta capturar a los principales líderes de los movimientos subversivos. La Comisión de la Verdad y Reconciliación en su informe al respecto resalta la indiferencia de la población urbana, especialmente la capital, hacia los problemas sociales de la población rural como una de las principales causas de la violencia.
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