En la práctica cotidiana de la psicoterapia de niños y adolescentes, uno se encuentra frecuentemente con quejas de padres que se sienten irritados, amenazados o molestos por algún aspecto del carácter de sus hijos. Puede ser la agresividad o la excesiva timidez, el desorden o la falta de iniciativa, la intolerancia frente a la frustración o una gran pasividad. Esos padres tratan por todos los medios de contrariar los rasgos que los exasperan, ya sea apelando a la razón, al afecto, al castigo o a reacciones más o menos descontroladas. Alrededor de esos puntos se generan verdaderos callejones sin salida, en los cuales personas en otros aspectos razonables, que resuelven conflictos de manera alturada en sus trabajos, y funcionan con ecuanimidad en otros contextos, pierden los papeles y hacen cosas poco inteligentes. ¿A qué se debe?

No se trata de un asunto criminal. Es la forma en que una mamá me dijo una vez que estaba criando a su hijo. Así, con premeditación, ventaja y alevosía. Lo que me quería decir era que tenía muy claro lo que quería y lo que no para su vástago y que sin dudas hacía todo en la vida cotidiana, en lo solemne y lo secundario, con su agenda presente. En este caso que el pequeño tuviera una personalidad muy definida, que supiera que había nacido en una selva, en un mar, para utilizar su propia expresión, picado y con tiburones. Podríamos pensar en otros principios e ideologías como -esto ocurrió, obviamente, hace muchos años- aquel padre de ideas izquierdistas que quería eliminar de la vida de su hijo el concepto de propiedad privada y no le permitía tener juguetes.

Quién no recuerda aquellos momentos en que, muertos de vergüenza, rabia y miedo, o invadidos por otros sentimientos de ese tipo, juramos que nosotros, cuando fuéramos padres, nunca haríamos pasar a nuestros retoños, en ese momento potenciales, por esos mismos trances. Es una promesa que nadie puede negar haber hecho una y otra vez, en la impotencia que muchas veces hacen sentir los adultos a los chicos. De eso, es posible que nuestros padres no se hayan dado cuenta, o que incluso hayan pensado que sus actos contribuían de manera importante a nuestra formación y salud mental; a formar, como se dice, hombres y mujeres de provecho. ¡Si hubieran sabido lo que en ese momento estábamos sintiendo!

Permítanme una reflexión personal. Me encantan los libros. En realidad, la mayor parte de mi vida me la paso entre sus hojas, y pocas cosas me dan tanto placer como perderme en los mundos imaginarios o en las teorías que otras personas han elaborado. También me gusta escribir. Buena parte de mi tiempo transcurre frente a la computadora, una amiga de casi 30 años, redactando informes, artículos y otros textos, como éste. Soy, en ese sentido, un ser verbal.
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Que se trate de las preguntas que vienen al concluir una conferencia para padres, o de las que inevitablemente aparecen en medio de un evento social, o de las que me hago cuando pienso en mis hijos y, ahora, en mi nieto, siempre uno puede estar seguro de que una parte significativa son del tipo "¿si tal cosa cuando son pequeños, tal otra cuando sean grandes?". Es decir, existe algo que hacemos o dejamos de hacer que produce o evita, de manera clara y tajante, lo que tanto tememos o tanto queremos?

Los últimos meses, días, han sido pródigos en asesinatos. Los ha habido de esos que plagan las primeras planas en todo el mundo, relacionados con la inseguridad ciudadana, la presencia de bandas, la globalización de las organizaciones criminales, los secuestros, etc. Pero, por lo menos en el Perú, nos han remecido los otros, los monstruosos, los impensables, los inefables. Matricidios que se han sucedido, desvelado, casi actuado bajo la luz mediática, cuyas motivaciones parecen utilitarias, crematísticas, casi contables en números - cuentas bancarias-, aunque no en palabras.

No mentir es uno de los preceptos universales que subyacen en toda moral. Además de lo ético, existen razones prácticas. Si no asumimos que nuestro interlocutor está diciendo la verdad, por lo menos en líneas generales y buena parte del tiempo, sería casi imposible la convivencia social. Casi como jugar permanentemente miles de partidas simultáneas de ajedrez. Mentir lo menos posible y tener una conducta recta son objetivos de todo proceso de crianza y de toda educación.
A los adultos nos incomoda, nos da en realidad mucha rabia, cuando nuestros hijos o alumnos nos mienten. ¿Por qué lo hacen? Las razones son muy variadas.

Los niños tienden a repetir el pasado. Esta afirmación puede parecer chocante, por un lado; y, por el otro, evidente. Lo primero, porque los niños tienen el pasado corto, lo segundo porque son extraordinarios repitiendo, imitando. Pero la repetición tiene dos fuentes: una es la del pasado individual, es decir, la experiencia previa. Si uno hace algo que tiene consecuencias interesantes o agradables, pues, tiende a repetirlo. Pero hay otra repetición que es central en la explicación del desarrollo humano: la del pasado colectivo, la de la historia de la especie.

Los peligros del "wired love" es el título del libro que tengo frente a mí. Pero, no, no se trata de Skipe o Messenger. Es un texto que hace recomendaciones para evitar las trampas del... telégrafo. Sí, estamos hablando de romances en código Morse. Porque el amor y el sexo siempre han arrastrado a y se han colgado de la tecnología. ¡Los esposos se opusieron rabiosamente al teléfono ya que aumentaba peligrosamente la autonomía de sus parejas!
¿Saben ustedes que una pareja casada en 8 se conocieron en línea? Los datos provienen del país de las cifras y las estadísticas, los Estados Unidos, pero probablemente la tendencia es mundial. Que se trate del chateo simple o del sofisticado Second Life, cada vez tenemos más relaciones profundas e intensas en el mundo virtual. ¿Cuidado con los extraños? Es que luego de chatear un par de meses con alguien a quien no podemos mirar directamente a los ojos y cuyo lenguaje corporal está fuera de nuestro alcance, no se trata de un extraño. Por el contrario, lo más probable, si nos "cae bien", es que hayamos desarrollado una complicidad que marea y, literalmente, excita.

Mi amiga la balanza, que me dice lo que quiero escuchar y a veces lo que no quiero, pero me parece una presencia tan necesaria como mis pastillitas diuréticas y mis pastillitas laxantes. No puedo evitar evacuar todo lo que me meto dentro del cuerpo. ¿Por qué no podemos cagar todo lo que comemos? Comer es rico, pero no debería tener nada que ver con como nos vemos, con esos rollitos que desbordan y esos huesos que inflan. Los psicólogos hablan de imagen corporal, pero yo tengo imagen porcoral. No importa lo que haga, me siento una puerca, una hipopótamo, una malagua que no deja de expandirse ante mis ojos y los de todos los demás. Aj, mil veces aj. Pero lo que yo muestro es ja, mil veces ja. Escondo mi asco detrás de sonrisas y mi tristeza debajo de grititos y alharacas.
