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¿Qué hago aquí? Se preguntaba muchas veces la gringuita de ojos verdes que inició su vida escolar en un jardín de infancia en un barrio de clase media de Lima. Sus padres no hablaban el mismo idioma que sus amiguitos del barrio y a veces la fastidiaban por el pesado acento húngaro que exhibían todos los miembros de la generación anterior de su familia. Es más, a veces le faltaban palabras en español puesto que en casa se hablaba esa lengua extraña que no se parecía a ninguna otra y que, para colmo, no le iba a servir de mucho en el futuro. Si todavía hubiera sido inglés o francés o chino, se decía ella. Y eso que nadie podía acusarla de no ser patriota: había nacido un 28 de julio, el día de la independencia peruana, en una pequeña clínica de la avenida Arequipa, no precisamente un nosocomio de lujo. Cuando muy pequeñita empleó un término que nadie comprendió para decir que le dolía la barriga y entonces, al tener que traducir, se preguntó por primera vez por qué sus padres no se habían quedado en su país de origen o por qué no habían nacido, como todos los progenitores de sus compañeritos en el Perú.

Una colega pediatra, con la que comparto casi semanalmente casos de pacientes, me llamó una tarde para anunciarme la visita de Diana, una niña de tres años. Es una tromba incontenible, me dijo. Es muy violenta con su mamá, le pega, la araña y la muerde. Viven en Australia. Es lo que me dio como información sobre lo que me esperaba al día siguiente. Habitualmente no me gusta saber mucho más, cosa que quien me derivó el caso sabe perfectamente.

Es irónico. Todos los seres humanos vivos actualmente descendemos de un pequeño grupo que vivió hace alrededor de 100,000 años en África y se fue desparramando por el mundo, colonizando todos los rincones de la tierra. En otras palabras, los más probable es que nadie pueda decir que sus raíces no se hayan movido de un lado a otro. Somos migrantes por naturaleza. Pero, al mismo tiempo, las mudanzas nos angustian y representan un cuestionamiento de todo aquello que valoramos y nos brinda tranquilidad.

En efecto, salir de nuestro contexto habitual, con sus sabores, colores, redes sociales, sonidos, lenguaje y paisajes, es, al mismo tiempo excitante y un reto para nuestra mente. Y si bien es cierto que quien toma la decisión de trasladarse de país, especialmente por razones de trabajo, tiene la ventaja de ser el actor principal del cambio, quienes lo acompañan y son migrantes por obligación - la esposa, vamos, para no ser machistas, la pareja, y los hijos, enfrentan el hecho de sufrir las consecuencias de una decisión ajena.

Se trata generalmente de un suceso esperado, o por lo menos divertido e interesante. En efecto, las mudanzas significan un cambio en la vida de la familia, una transición hacia lugares y etapas distintos, esperados, pero también temidos. En el caso de los niños, las mudanzas pueden provocar temor y tristeza: finalmente, nos estamos deshaciendo de lugares, y a veces de objetos, que tienen profundos significados, que están asociados a recuerdos y emociones, y que forman parte de nuestro ser. Quién no tiene en alguna parte de su mente el especial olor de algún clóset de la casa que habitó cuando niño.

Lo que escribo ahora tendrá más ecos para los varones, posiblemente. Una de las diferencias más marcadas entre hombres y mujeres es que las segundas se miden mucho más en función de performances interpersonales, vale decir, en relación con cómo les va con sus pares, mientras que los segundos se comparan en términos de los resultados de sus performances, ya sean académicas o físicas.

En época de mundial, llena de expectativas, ilusiones y duchazos fríos, no podíamos dejar de reflexionar sobre lo que significa esa manera de provocar el cuerpo, estirar sus capacidades y compararlas con los de nuestros semejantes, ya sea uno por uno o según las pertenencias a clubes o naciones.

Los deportes son un medio ideal para afirmar el cuerpo, consolidar la imagen corporal, integrarse en equipos, aprender las virtudes de la disciplina bien entendida y las reglas de la competencia leal. De hecho, una experiencia deportiva intensa y sostenida durante la niñez y la adolescencia puede ser un elemento formativo verdaderamente positivo e importante para la educación integral de una persona.

Sí, Internet y lo que significa están cambiando todo. Como lo vimos en la entrada anterior, nuestras relaciones interpersonales, incluyendo las más íntimas. Pero, ¿qué ocurre con nuestra manera de pensar, aprehender, razonar y comprender?

Los que este año cumplen 50 deben haber pasado alrededor de un 10% de sus vidas frente a la pantalla chica, ¡Cinco años y medio, 50,000 horas! Un tiempo de observación pasiva, consumiendo lo que otros, unos pocos, decidían para nosotros los televidentes. ¿Seríamos distintos si, en lugar de procesar series hechas para el mínimo común denominador, hubiéramos navegado, blogueado, chateado,  twiteado, wikiado, producido contenidos, aprendido colaborativamente? ¿Lo serán nuestros hijos y nietos luego de ese número de horas o más Messenger, Facebook, Second Life, Counterstrike, maestrías a distancia e instrumentos que aseguran la conectividad 24/7?

Muchos consideran que todo ese tiempo, que podría estar alrededor de un trillón de horas para una parte de la población, es un recurso que está produciendo riqueza, una riqueza entrelazada y ubicua que trasciende fronteras y edades, inclusiva y multicultural. No es que la TV haya quedado atrás. La proliferación de canales le da un cariz algo más diverso y permite una mucho mayor elección, pero no cambia su naturaleza. De todas formas solamente en los Estados Unidos se ve 200 billones de horas. Una cifra que hace palidecer el tiempo que, sobre todo los jóvenes, pasan en las nuevas redes sociales. Pero las cosas van a cambiar de manera importante y, como todo lo que ocurre últimamente, de manera exponencial.

Pero, ¿están las nuevas actividades virtuales, cambiando las habilidades cognoscitivas de las personas? Todo indica que sí y también que el impacto tiene de bueno y de malo.

Los peligros del "wired love" es el título del libro que tengo frente a mí. Pero, no, no se trata de Skipe o Messenger, ni tampoco de Facebook. Es un texto que hace recomendaciones para evitar las trampas románticas del... telégrafo. Sí, estamos hablando de amores en código Morse. Porque el amor y el sexo siempre han arrastrado a y se han colgado de la tecnología. ¡Los esposos se opusieron rabiosamente al teléfono ya que aumentaba peligrosamente la autonomía de sus parejas! No se podía dejar entrar en casa una vocecita eventualmente extraña ni dejar de controlar las relaciones de las mujeres, criaturas del espacio privado por excelencia.

¿Saben ustedes que una pareja casada en 8 se conocieron en línea? 

En muchos países, no todos, celebramos a las madres el segundo domingo de mayo. Claro, el espíritu comercial lo invade todo y muchos homenajes están llenos de lugares comunes. Pregunté a niños de primer grado de primaria lo que lleva de título la presente entrada. He aquí sus respuestas:


Porque me prepara arroz con pollo riquísimo

Porque cuando regreso a la casa me saca la ropa y me baña

Puestos ante la alternativa, nuestra sociedad, según el canón que predomina en las últimas dos décadas en casi todo el mundo, por lo menos de dientes para fuera, la respuesta va a ser rotunda: lo segundo, los queremos creativos.

Imitar tiene mala prensa, es casi una grosería. Los imitadores están asociados con escasa creatividad, flojera, ausencia de motivación, conformismo, cuando no, como ocurre con el plagio y las transgresiones a los derechos de autor, deshonestidad.


¡Abajo los copiones!